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De argentina a México en bus [primera parte]

Daniel Riera se embarcó en el expreso Ormeño, el legendario bus peruano que recorre todo el continente, y nos trae para SoHo la primera entrega de un viaje lleno de paisajes, historias humanas y, sobre todo, muchas incomodidades

Mi esposa me pregunta cuánto tiempo estaré lejos de casa y no sé qué contestarle. Lo único que sé es que este bus al que subo en Buenos Aires me depositará en Lima al cabo de 72 horas, y que ese será apenas el primer tramo de un largo viaje que concluirá en Tijuana, México, vaya a saber cuándo. Minutos antes de salir, en el bar de la terminal de Retiro, el padre de Juan Manuel —de profesión piloto de avión, acostumbrado a cierta idea del confort— le sugiere a su hijo que vaya tranquilo, que seguramente viajará comodísimo, que se trata de un bus internacional, y por lo tanto los asientos han de ser semicama o algo por el estilo, y por lo tanto han de servir comida durante el viaje, y por lo tanto debe haber un servicio de azafatas.

El padre de Juan Manuel se equivoca y su hijo —el autor de las fotos que ilustran esta nota— y yo lo comprobamos cuando subimos al Expreso Ormeño: en esta legendaria compañía peruana fundada en 1970, que entró en el Guiness por su servicio Buenos Aires - Caracas en ocho días de viaje, los asientos son angostos hasta la exasperación y apenas pueden reclinarse; la comida y las azafatas brillan por su ausencia, y hasta uno de los choferes trata a los pasajeros con una incomprensible mala onda. No es que nos regalaron el pasaje: este tramo nos ha costado 120 dólares. Mentiríamos, sin embargo, si dijéramos que nos importan mucho esas cuestiones, porque ningún viaje de 72 horas en bus puede ser confortable. Al cabo de unos minutos descubrimos que somos los únicos argentinos en este bus de peruanos que regresan a su tierra, y que no hay ni un solo turista a bordo.

María Elena me reclama que le sostenga una de sus bolsas: padece el síndrome del equipaje de mano excesivo, las cosas se le caen y no sabe nunca dónde puso lo que está buscando, y además está la niña, Belén, que es de cagarse y hay que cambiarla. A bordo del Ormeño, Belén cumplirá dos años. Lo que no sabe es que viaja a conocer a su abuelo. Es ahora o nunca, porque el padre de María Elena tiene cáncer en el estómago, ya zafó un par de veces y María Elena intuye que esta es la última, por eso vuelve al Perú después de diez años, por eso deja su trabajo de vendedora de flores en la zona de Congreso, por eso y porque, aunque parezca mentira, su jefe también tiene cáncer. De próstata. Por supuesto que a María Elena no le alcanzaba para vivir con su trabajo de vendedora de flores: por eso trabajaba, también, como empleada doméstica. No es que la esté pasando muy bien en Buenos Aires, pero tampoco es que se muera de ganas de regresar a su país. Regresa por la sencilla y única razón de que su padre se está muriendo: regresa a una familia de ocho hermanos a los que no extraña en absoluto, ocho hermanos que viven amontonados en una misma casa, como en El desbarrancadero, de Fernando Vallejo, pero en el Perú. Más precisamente en Casma, que queda a cinco horas de Lima, lo que quiere decir que en cuanto se baje de un bus se subirá a otro.

Las historias fluyen en la monotonía de la noche. En el momento de despachar el equipaje, alguien había tenido la delicadeza de avisar que el bus no tenía previsto detenerse en ningún lugar hasta que llegáramos a Mendoza. A nadie se le ocurrió explicar por qué. Por eso la compra de urgencia en la terminal: agua mineral, galletas, algún sándwich termosellado con gusto a plástico. Eso no es una cena, claro, es una nutrición rápida que se comparte con los que no han traído nada, es una excusa para conversar con la gente que aún no conocemos. Como Érika. Hay algo misterioso en ella: mientras el resto de los pasajeros viste de jogging o con la ropa más cómoda que encontró, Érika luce un pantalón y una remera ajustados y elegantes, como si fuese al cine o a bailar y no al Perú en una travesía de 72 horas. En su cartera lleva un kit de maquillaje al que acude más o menos una vez por hora. El maquillaje le sirve para evocar días felices, los días en que trabajaba en el informativo de Canal 13 de Lima, antes de que el canal cerrara, antes de que decidiera probar suerte en Buenos Aires. De a poco vamos comprendiendo que el Ormeño está poblado por peruanos que buscaron su american dream en la Argentina y que padecieron el frágil sustento de sus ilusiones. Érika, por ejemplo, vuelve después de dos años. Su esposo y su hijo la despidieron en la terminal y algo se rompió en ese momento: se supone que se reencontrarán, pero el esposo sabe que no quiere volver a Perú y ella sabe que no está dispuesta a quedarse en Buenos Aires a cualquier precio, es decir, trabajando de cualquier cosa.

Quiero hacer lo mío otra vez y lo mío es el periodismo, dice Érika, y se le quiebra la voz. En Buenos Aires trabajé haciendo adornos para sandalias, cosiendo cortinas, de niñera, vendiendo artesanías en un locutorio, y no aguanté más. En algún trabajo me trataron bien, en otros me trataron mal, pero ninguno era lo mío y si no hago lo mío estoy triste, estoy mal… y no termina de decirlo que ya está llorando, estoy pensando en mi hijito, dice, lo extraño mucho, lo voy a extrañar mucho, tengo que conseguir un trabajo pronto, pero tengo que trabajar en lo mío, porque mi hijito tiene que ver bien a su madre, dice, y vuelve a llorar hasta que se le corre el maquillaje y quiere saberlo todo sobre nuestra aventura, porque de algún modo volvemos a ponerla en contacto con su profesión. En uno de los asientos del fondo, la que llora es Patricia, que está con su hermana Maritza y no viene de Buenos Aires sino de Montevideo, Uruguay.

Trabajaba como empleada doméstica en una casa en Pocitos. Eran muchas horas por día y no tenía mucho tiempo libre, pero no estaba mal paga. De hecho, les mandaba a mis padres la mitad de la plata que ganaba y le dije a mi hermana que se viniera porque nos convenía. Un día estaba sentada en un banco de plaza y se acercó un muchacho a hablarme. Me cayó bien, nos hicimos amigos primero, novios después. Quedé embarazada. Entonces me echaron: yo no tenía papeles así que no pude decirles nada. Ahora me vuelvo a Chiclayo: mi novio va a venir pero más adelante, cuando consiga la plata...

Juan Manuel y yo intentamos dormir, pero no es sencillo. El chofer es intrépido hasta el borde de la ilegalidad, estamos incómodos y estamos pensando en lo que nos contaron. A la mañana siguiente, el bus se detiene en Mendoza. Contra la voluntad del chofer, que pretende que nadie se mueva de su asiento, algunos pasajeros bajan para ir al baño. Llevamos casi 14 horas de viaje y son las 7 y media de la mañana. A las 11 cruzaremos la frontera. Desde el micrófono del bus, el chofer hace un anuncio importante.

Señoras y señores, estamos por entrar en la aduana y en el departamento de migraciones de Chile. Les pedimos que tengan a bien llenar los papeles que les vamos a dar y les pedimos, también, que uno de ustedes tenga a bien recaudar al menos un dólar por persona, a fin de dárselo al maletero y poder salir rápido de la aduana. La persona que ustedes elijan tiene que recoger el dinero y entregárselo al maletero en el momento en que se lo hagamos saber. Por supuesto, ninguno de nosotros tiene nada que ver con esto.

Me proporcionan una lista de los pasajeros y me convierto en el recaudador oficial de la coima. Solo uno se niega a darme el dólar, y no es por principios. Dice que no tiene dinero. El maletero recibe lo suyo con absoluta naturalidad y el paso por migraciones y aduana es breve, aunque con una baja: una adolescente, menor de edad a punto de dejar de serlo, que quería festejar sus 18 en Perú y que olvidó u omitió llevar encima el permiso de sus padres. Queda demorada en la aduana, a la espera de que pase un Ormeño en sentido contrario que la lleve a Buenos Aires.

Dos horas después, a la vera de la cordillera de los Andes, paramos a comer por primera vez en 19 horas. La comida es mala y cara: sopa de arroz con jugo de pollo o 1/8 de pollo con guarnición, a un promedio de siete dólares el plato. Escucho, entonces, los primeros comentarios sobre los chilenos: que son todos ladrones, que no saben cocinar, que quién se creen que son, que son unos hijos de puta. Las inscripciones en el baño remiten a un odio tan viejo como la historia.

Desde Arica hasta Punta Arenas me culié a todas las chilenas, incluida la madre del que está acá.

O si no:

Argentinos, si no fuera por los peruanos, serían chilenos como nosotros.

Entre los más exaltados está Pepe Vásquez Asencio, vendedor de zapatillas, cantor de boleros cantineros. Ya verás tú que la comida peruana es mucho más sabrosa y más abundante, amigo, ya verás, yo mismo te voy a invitar y lo verás, que en mi país se come mucho mejor y los precios son mucho más convenientes, dice con su vozarrón, como si su protesta pudiera torcer el destino y alimentarnos bien. Lo cierto es que, plato en mano, Pepe se pone de pie y se dirige a la cocina del parador.

—Señor, esto es demasiado poco. Sírvame más, por favor.

Y le sirven más, y Pepe siente el sabor de la justicia.

La familia no sabe nada, absolutamente nada de su regreso. Pepe tiene un proyecto grande y quiere triunfar en la Argentina, le va bien vendiendo zapatillas en el gigantesco mercado popular de La Salada, pero tiene otras aspiraciones y cree que la clave para triunfar en la Argentina consiste en que los peruanos se apoyen mutuamente, y a eso apunta Pepe, porque hay, dice, restaurantes peruanos en la zona del abasto, muchos, y alguno que otro en Congreso, pero en La Salada hay muchos peruanos y no tienen un lugar donde comer su comida y escuchar su música y, para eso, con la mujer argentina que ha entrado en mi corazón, la que por ahora es mi socia, pero espero que pronto sea mi compañera, voy a abrir el Restaurante Peña Turística Campestre El Rinconcito de Los Peruanos, donde tú te puedas comer un buen ceviche, un buen pollo a las brasas, lo que quieras, y donde yo te pueda cantar un lindo bolero cantinero y te puedas tomar una Inca Cola, y por eso vengo, a comprar afiches con fotos de platos típicos, a buscar especias para que las comidas tengan el gusto que tienen que tener, a comprar Inca Cola, me entiendes, compañero, quiero que no falte nada, que el peruano se sienta como en casa y que a los hermanos argentinos les den ganas de conocer el Perú, me entiendes, compañero, dice Pepe, y canta a cappella historias de borrachos y de despechados y la gente se da vuelta para mirarlo, para admirarlo.

La parada siguiente es en Coquimbo, a las siete de la tarde: nadie tiene hambre suficiente como para cenar y que los precios son un poco altos para un comedor rutero, los pasajeros declaran una espontánea "huelga de comensales" que algunos no acatamos, en honor a las chuletas de cerdo y en atención a que quién sabe cuándo volveremos a comer. La joven Ivonne se acerca a Juan Manuel y a mí y nos dice algo que pretende ser un halago.

Yo pensé que los argentinos eran todos engreídos, pero la verdad que ustedes son buena onda.

Algunos pasajeros le hacen bromas a Ivonne con Sugar. Ellos niegan todo con la ambigüedad suficiente como para que cada cual piense lo que quiera. Sugar es otro que se vuelve: trabajaba en una herrería en una villa miseria, en el barrio de Barracas, de lunes a viernes, de 7 a 21. Dice que sus patrones eran bolivianos, de la clase de bolivianos que explotan a los peruanos. Dice que ganaba 25 pesos por día (poco más de ocho dólares) y que semejante esfuerzo no le rendía para nada: en su Chiclayo, dedicándose a la pesca, ganaba el triple y se divertía más. Para eso vuelve.

Los días pasan sin incidentes y al cabo de tres días en la ruta al menos la mitad de los pasajeros tenemos la familiaridad de los compañeros de colegio. El baño va adquiriendo de a poco un olor intolerable, como si el calor evaporara la orina y dejara solo su componente de amoníaco. Algunos nos lavamos un poco en los baños de los paradores o nos cambiamos de ropa, pero no podemos hacer milagros. Pasan ante nosotros Antofagasta, Iquique, Arica... Los caminos de montaña y el desierto nos dejan la sensación de que el viaje no terminará nunca, de que estamos suspendidos en el tiempo y el espacio. Sobre todo el desierto: nada más abrumador. Sin embargo, aunque a simple vista por momentos pareciera que permanece siempre en el mismo lugar, el Ormeño avanza. En el tercer día de viaje entramos al Perú por Tacna.

Casi todos los pasajeros tienen problemas para que las autoridades les permitan ingresar en su propio país: el burócrata de turno les exige la tarjeta de salida. Érika, por ejemplo, salió del Perú hace dos años. Quién sabe dónde carajos quedó la dichosa tarjeta. Algunos se irritan. Finalmente, el burócrata los deja pasar a todos: tal vez no estuvo en su intención negarle la entrada a nadie, tal vez lo único que pretendía era mostrar su pequeño poder.

Esta vez el propio maletero sube al ómnibus a pedir su coima para que nos podamos ir rápido. Así y todo no nos vamos rápido, porque entre los equipajes hay un centro musical que debería pagar un recargo de 20 dólares y el joven dueño del centro musical, el mismo que se negó a darme un dólar para el maletero chileno, se niega a pagarlos. Su rebelión nos deja varados una hora y media en la frontera, hasta que finalmente se digna a pagar. Los choferes le dicen lo que piensan: idiota, cabrón, imbécil, eso. El muchacho, nada: puro silencio y sonrisa irónica.

Superado el inconveniente, el solo hecho de recorrer territorio peruano cambia el ánimo de la mayoría. Por la noche, en la terminal de Tacna cenamos Lomo a la pobreza, un plato gigante con Lomo, arroz, banana frita, ajo, cebolla, ají y alguna otra cosa que me olvido, verdaderamente espectacular, y Pepe orgulloso, me dice has visto que los platos aquí son más sabrosos, compañero, has visto, y orgulloso explica que el Lomo a la pobreza se llama así porque los pobres, justamente, comen mucho.

Con el estómago lleno salimos de Tacna. Las dos puertas del bar han sido copadas por vendedores de artículos electrónicos varios, cuyos precios permiten inferir el contrabando. Prácticamente nos atosigan y presuponen que, como viajamos en bus, desfallecemos por discmans, filmadoras, cámaras digitales, relojes. Insisten especialmente con Juan Manuel y conmigo, que lucimos gringos a sus ojos. Mandamos al carajo a un par, pero es como si nada. Nos dicen no se enoje y vuelven a insistir.

Por la mañana del último día, el desayuno en Chala no tiene casi ninguna importancia: lo importante es que en esas barracas atroces, donde los inodoros se desagotan a baldazos, hay duchas, de agua fría, sí, pero duchas. Y nos bañamos. Felices. Algunos celebran el acontecimiento clavándose unos pejerreyes fritos que indigestan de solo mirarlos. Falta menos. Nos esperan Nazca, con sus casillas atroces en medio de la arena, Ica, algún policía que sube a pedir pasaportes, y finalmente la llegada a Lima. Mientras su ciudad aparece ante sus ojos, Érika observa todo con una expresión inescrutable. A Juan Manuel se le ocurre preguntarle qué siente al volver después de tanto tiempo.

Nada, dice Érika. Nada de nada.

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